El oro cede ante la sacudida del crudo en Irán, pero la purga de liquidez prepara su próximo gran rally

El oro ha arrancado el martes con caídas, presionado por los nuevos ataques estadounidenses en Irán que han vuelto a recalentar el crudo y, de paso, los miedos a una inflación indomable. El metal al contado se dejaba un 0,6%, rondando los 4.542,20 dólares la onza a primera hora de la mañana (0401 GMT), aunque los futuros estadounidenses para junio lograban rascar un 0,4% hasta los 4.542,80 dólares. Todo esto ocurre mientras la geopolítica juega a dos bandas. Por un lado, el jefe negociador iraní y su ministro de Exteriores andaban por Doha reunidos con el primer ministro qatarí, buscando desenredar una guerra que ya dura tres meses. Por otro, Estados Unidos bombardeaba posiciones en el sur de Irán —lanzamisiles y lanchas minadoras— alegando defensa propia, echando un jarro de agua fría sobre cualquier esperanza de acuerdo inminente que ya venían rebajando las autoridades en Washington y Teherán.

Aunque se acabe firmando la paz, el destrozo en las infraestructuras petroleras de Oriente Medio pinta bastos para normalizar el flujo de crudo al resto del mundo, o al menos así lo interpreta Kelvin Wong, analista de OANDA. El mercado ya está comprando este relato y las apuestas por una nueva subida de tipos este mismo año se han disparado. Los futuros del Brent, de hecho, repuntaban un 2% en la sesión asiática. Un crudo por las nubes es gasolina pura para la inflación y la excusa perfecta para mantener el precio del dinero alto durante más tiempo. Y ya sabemos qué le pasa al oro, un activo que no ofrece rendimiento de por sí, cuando los tipos aprietan: sufre. La herramienta FedWatch de CME Group le da un 56% de probabilidades a que la Fed mueva ficha al alza antes de que acabe diciembre. En este tira y afloja generalizado de los metales, la plata perdía un 1,6% (76,84 dólares), el platino cedía un 0,8% (1.952,56) y el paladio resbalaba un 1,2% para quedarse en 1.381,27 dólares.

Pero quedarse solo con la foto de las caídas recientes es no ver el bosque. Esta sangría del oro tiene toda la pinta de ser una gestión forzosa de liquidez soberana, un salvavidas de emergencia que, irónicamente, podría estar sentando las bases para el próximo gran mercado alcista. Stephen Innes, de SPI Asset Management, apuntaba en su último análisis que el estallido de la guerra en Irán hizo que el oro cotizara como un mercado atrapado en un margin call del mundo físico, no como un activo que de pronto se hubiera quedado sin fuelle. El pánico que barrió el mercado de lingotes tras el shock del Estrecho de Ormuz no fue una pérdida de fe repentina en el metal, fue pura sed de liquidez. Con el petróleo por las nubes, las rutas marítimas bloqueadas y las expectativas de inflación reventando las costuras del sistema, los bancos centrales de los países importadores de energía se vieron en la urgencia de rebañar dólares de donde fuera para mantener el chiringuito doméstico a flote y evitar el colapso.

En una tesitura así, hasta los activos de reserva más intocables acaban en el Monte de Piedad. El mercado leyó estas ventas soberanas como el acta de defunción de la operativa del oro, pero la realidad es justo la contraria. Vender por obligación no es vender por convicción ideológica; es hacer triaje de emergencia durante un infarto energético. Los inversores, cegados por el subidón de las rentabilidades de los bonos, han perdido de vista la macroeconomía. Sí, los tipos nominales pegaron un petardazo y el oro se dobló inicialmente bajo el peso de las liquidaciones soberanas, pero así es exactamente como funcionan los ciclos de crisis en su primer acto. La primera fase es el pánico inflacionario. La segunda, el daño al crecimiento. Y en la tercera es cuando los bancos centrales empiezan a recoger cable a la chita callando hacia políticas más laxas, porque el motor económico empieza a echar humo negro por el shock anterior.

Históricamente, el oro no se luce en el primer susto inflacionario, sino cuando los que mandan se dan cuenta de que no pueden arreglar el desaguisado sin cargarse el crecimiento, el crédito y el empleo. Y parece que ya estamos asomándonos a esa transición. Si el crudo se tranquiliza y las rutas comerciales vuelven a su cauce, la presión inflacionista caerá por inercia mecánica, pero las cicatrices económicas del apretón energético van a tardar mucho más en borrarse. El consumidor sigue tocado, los márgenes industriales asfixiados y la liquidez mucho más seca de lo que dictan los grandes titulares. En nada, los mercados de bonos podrían empezar a poner en precio un crecimiento raquítico y futuras rebajas de tipos, convirtiendo esa misma curva de rendimientos que machacó al oro en su mejor viento de cola de cara a unas condiciones monetarias más amables para 2027.

Por eso gran parte del debate actual en torno al oro es puro desenfoque. Jeffrey Currie, una de las mentes más lúcidas de Wall Street en materias primas, ya caló esta fase de liquidación mecánica que estamos atravesando. Su lógica era aplastante: cuando el banco central de turno pasa de comprador estructural a vendedor forzoso para pagar la energía importada y salvar su divisa (Turquía es el ejemplo de manual aquí para entender el golpe), el oro pierde temporalmente a su mayor cliente y se vuelve fuente de liquidez en vez de destino para el capital.

Bajo ese barniz bajista a corto plazo late una verdad mucho más pesada a la larga. Una vez que el daño al crecimiento obligue a los bancos centrales a ponerse el traje de palomas, el tablero se resetea por completo. Es ahí cuando asoma la verdadera asimetría de la economía global. Llevamos casi una década inyectando capital a espuertas en la economía digital y matando de hambre a la economía física. El mundo se ha forrado montando valoraciones de software, infraestructuras de IA, nubes y centros de datos, mientras dejaba en los huesos a las minas, las refinerías, las redes eléctricas y las cadenas de suministro de materias primas. El desajuste es tal que ahora mismo el mercado parece un casino donde todo el mundo está apretujado en la glamurosa sala de póker del piso de arriba, totalmente ajeno a que el cableado eléctrico de los cimientos del edificio se está pudriendo en silencio.